Queremos agradecer cada abrazo, llamada, mensaje, platillo, bebidas, “wiskaso”, anécdota compartida y a los ángeles que Dios nos envió para limpiar la cocina.
Es muy gratificante ver cuántas personas fueron impactadas por esta pérdida y que se tomaron un momento de su día para bendecirnos.
Mi hermano se fue… y de alguna manera logró reunirnos a todos. Hoy, lo único que me preocupa es que ahora necesitamos una casa más grande.
Se fue haciendo lo que amaba. No sufrió.
No quedaron palabras por decir, ni fotos por tomar. Lo único que nos queda es un vacío… y sé que con el tiempo sanará.
El regalo más grande que nos puede dar Edgard es la reflexión: ¿Qué hubieras querido hacer con él que no hiciste?
Hoy aún estás a tiempo. Tal vez no con él… pero sí con alguien más.
No lo pienses tanto. Hazlo.